Estudio Hécate
Dungeons & Dragons

El último trofeo

Relato para Dungeons & Dragons
viernes, 18 mayo 2012 04:01

El relato del viaje de Nictra Thornashes al interior de la Ciudad Olvidada en busca de su último trofeo.

Después de dos semanas de dura escalada por la montaña, nos encontrábamos al fin frente a nuestro destino. Darius y yo preparamos el campamento cerca de la entrada a la cueva para disfrutar por última vez hasta dentro de quién sabe cuánto de los rayos del sol. Tras el ocaso nos recostamos para dormir todo lo posible antes de emprender el descenso al día siguiente, pero la expectación no nos dejó conciliar el sueño hasta horas después: incluso revisé mi grimorio en tres ocasiones, por si las moscas...

No sabíamos lo que nos esperaba dentro, aunque tenía bastante claro que la presencia de muertos sin reposo sería sin duda nuestro mayor problema. Ese era uno de los múltiples motivos por los que me acompañaba Darius, pues era hábil dando cuenta de ese tipo de criaturas, además de ameno conversador, buen cocinero, excelente curandero, elocuente orador, juicioso estratega... Aún así, no estaba seguro de que la unión de nuestras habilidades fuera a ser suficiente en esta ocasión, pero ¿qué es la vida sin riesgo?

Las ociosas divagaciones filosóficas por suerte consiguieron hacerme dormir, pero la mañana siguiente, al despertar, no me sentía ni mucho menos descansado. Por suerte ambos sabíamos bien que las pesadillas son un obstáculo fácil de superar, así que nos encaminamos al encuentro de otros más arduos.

Las paredes de la entrada a la cueva estaban cubiertas de vegetación, aunque el paso del tiempo no había podido ocultar las señales que delataban que en el pasado había sido transitada con frecuencia. Tras varios metros de descenso el camino se niveló, por lo que puede desenvainar mi espada y portar la antorcha sin demasiado miedo a resbalar. El tacto de la empuñadura de la espada era siempre reconfortante, y vinieron a mí algunos recuerdos del largo proceso de forjado que conllevó su creación, y lo satisfactorio del resultado. Pude oír el leve bufido de Darius a mis espaldas, con el que me reprochaba mi excesiva paranoia. Él prefería llevar en las manos tan sólo la antorcha... Al menos ambos estábamos de acuerdo en que la luz de las antorchas era más útil que la mágica.

Dos horas de lento caminar después mi tensión había remitido un poco, y Darius, siempre hábil eligiendo el momento de entablar conversación, decidió que había llegado el momento de hablar un poco:

-Cuéntame algo de lo que leíste en el libro con el que conseguiste completar los datos sobre la localización de la ciudad. -Me dijo.

-Como ya te comenté, lo encontré en una pequeña biblioteca de un monasterio. Por lo visto con anterioridad el edificio que ocupaban había sido propiedad de tres violentos bandidos que habían prosperado, y algunos de los libros que guardaban los monjes pertenecían a los anteriores inquilinos.

-No me has dicho a qué orden pertenecían los monjes. -Me interrumpió.

-Ni creo que quieras saberlo.

-Vaya, no sabía que ahora también les preocupara la lectura... Reí y me volví: -De todo tiene que haber. -Reanudé el pasó y continué con el relato- Por lo visto también habían estado investigando la localización del enclave, aunque no mencionaban el orígen de sus fuentes, lo cual lamenté profundamente. De todos modos la mayoría de los datos coincidían con los de mis investigaciones, así que decidí confiar en los apuntes y notas que me resultaron novedosos. Por lo visto encontraron esta entrada y penetraron en la ciudad, aunque no se sabe nada del resultado de su campaña. De que estuviera ocupada por monjes y sus posesiones siguieran en la casa tras varias décadas deduje que no lograron salir.

-Así que era una especie de diario.

-Sí, de hecho era algo así. No sé qué tipo de mente perturbada necesita escribir su propia vida, pero se lo agradezco mucho. De hecho el libro relataba multitud de detalles de sus investigaciones y vidas cotidianas, y omitía otros que parecerían importantes... Sin duda el escritor no era muy cabal: Por lo que leí se trataba de un ladrón de poca monta que había sido rescatado de una ejecucion pública por los otros dos. Uno de ellos era pariente suyo, y la suerte le había permitido amasar una fortuna considerable, así que los tres formaron el grupo del que te hablaba... No debieron llegar del todo a tiempo y, aunque no sé en qué constaba exactamente el método de ejecución, no pudieron evitar que su cara quedara terriblemente desfigurada. Cuando hubieron reunido el suficiente dinero el ladronzuelo convenció a sus compañeros de que lo dedicaran a conseguir los sobornos y materiales que le permitieran aprender las artes del Ilusionismo.

-¿Cómo? ¿Empezó a aprender hechicería sin tener una inclinación mágica natural? -Me volvió a interrumpir.- Creo que esta historia va a ser más divertida de lo que imaginaba.

-Sí, puedes imaginarlo. Finalmente consiguió su objetivo, y consigió ser un ilusionista aún más mediocre de lo que era como pícaro. De todos modos pudo ocultar su desfiguración a las mentes de los débiles, y por lo visto se tenía por un hechicero competente.

-Pobre diablo. El mejor engaño es el que se hace uno a sí mismo.

-Tienes mucha razón, como de costumbre... De todos modos, lo que te estoy contando no tiene nada que ver con lo que vaoms a encontrarnos, así que mejor me centraré en los detalles que no te he contado.

-Sí, supongo que en lo relativo a lo que hay dentro ya me lo has contado todo.

-Efectivamente. En cuanto a la localización, el libro no se refería en ningún momento a cómo llegar hasta el acceso que habían descubierto, pero con frecuencia aparecían detallados comentarios acerca de los preparativos necesarios dadas las condiciones particulares de la entrada. La altura exacta del acceso y otros detalles acerca de la vegetación venenosa y la caza de la zona, pues eran muy escrupulosos en su dieta de carne, me ayudó a delimitar las zonas de búsqueda.

-Muy interesante... No sé por qué has perdido tanto tiempo entrenándote con la espada en lugar de dedicarlo a los libros. Eres un investigador excepcional, y podrías haber contratado mercenarios para el trabajo duro en las expediciones.

-Me gusta tener el control de lo que me ocurre. Lo sabes bien porque me conoces desde hace mucho. No me hubiera agradado ir en compañía de extraños y dejar que ellos me defendieran. Además, me gusta luchar, ¿qué hay de malo en que lo haga si me place?

-Es sólo mi opinión. Sé que nunca me harás caso, pero también sabes que nunca dejaré de reprochártelo.

Las risas resonaron hasta que vislumbramos el fin del camino: La puerta sur. Por desgracia era el peor de los accesos a la Cámara Baja de la ciudad, pero era el único del que quedaba legado en la memoria del mundo. O al menos el único acceso cuya localización conseguí descubrir.

Se trataba de una puerta maciza de doble hoja fabricada en un material frío, oscuro y reflectante. Estaba cubierta de inscripciones en un lenguaje que nos era desconocido (y que probablemente cayó en el olvido siglos atrás). Hace muchos años aprendí de un sabio y tremendamente longevo elfo que la manera de cerrar mágicamente una puerta es la misma desde que se inventaron las puertas, o quizá un poco después. Lo contó como un chiste. Supongo que es gracioso si eres un elfo milenario. A mí me ha resultado muy práctico, ya que una vez aprendes cómo se deshace un cerrojo mágico, aprendes como se deshacen todos. Este no fue una excepción, aunque reconoceré que nunca me había enfrentado a una cerradura tan potente, como bien me hizo notar Darius cuando se ofreció a limpiarme el sudor de la frente mientras pronunciaba el contrahechizo. Si los tres bribones del libro pasaron por esta puerta les había subestimado bastante.

Al terminar con mi parte Darius se dirigió hacia las puertas, pero tuve que pedirle que esperara. Descansamos unos minutos porque enfrentarme a la extraña oposición de la puerta había minado mi determinación, pero en cuanto recuperé el aliento nos ajustamos las botellas de aire puro a la boca y empujamos las hojas del portón. Pútrido y pernicioso aire viciado salió de la puerta con un gemido apagando las antorchas. Una vez hubo sitio para que pasáramos volvimos a encender las antorchas y nos introdujimos en la oscura ciudad subterránea...

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